El trabajo de los actores es difícil. El actor que es famoso por su ingenio puede hacer reír a su audiencia (si ésta se encuentra dispuesta a ello) con cosas que en sí no tienen demasiada gracia. Parte de la habilidad de todo orador consiste en dejar que su audiencia intuya lo que se avecina... en llevarla habitualmente hacia el clímax... en prepararla para que reaccione de la forma deseada.
El orador ingenioso siempre cuenta con la predisposición del público. Tan pronto como llega al escenario, al estrado o al micrófono, mueve la cabeza o realiza cualquier otro gesto conocido, el auditorio comienza ya a retozar de risa. Si empieza a hablar refiriéndose a su suegra, contando un chiste conocido, o simplemente incluye alguna frase tópica, el público se muere de risa.
Pero comente esto con algún humorista famoso, y descubrirá enseguida el cuidado con que prepara sus chistes más «espontáneos»; este humorista atestiguará que el público (cualquier público) es enormemente voluble e imprevisible, y que incluso las anécdotas o chistes mejor hilvanados pueden «descoserse» en cualquier momento. Entonces comprenderá, si no lo sabe ya, que una de las habilidades más difíciles de adquirir es la de hacer reír al auditorio. Si el camino se presenta arduo para los humoristas más experimentados, para el principiante es, lógicamente, mucho más difícil.
La falta de sentido del humor constituye siempre una desventaja para la persona que habla en público. Una observación ingeniosa casi siempre gana el aprecio del público. Cuanto más, largo es el discurso, más importante será el toque humorístico. Cuanto más serio es el problema tratado, más necesario será solazar un poco al auditorio con rasgos de ingenio a la vez discretos y elegantes.
El sentido del humor es un arma que todo orador debe tener siempre a su disposición.
El humor debe adaptarse al público y a la ocasión, y esto es especialmente importante en el caso del humor rojo, grosero o vulgar. Nunca hay excusa para lo obsceno. Sin embargo, un toque picante hace a veces más sabrosa las comidas. ¿En qué circunstancias? Naturalmente, para contar chistes rojos el lugar apropiado es una reunión de hombres. Por el contrario, en reuniones solemnes o serias el humor grosero sólo da pie al desprecio general. Entre ambos extremos se abre todo un abanico de posibilidades. Usted debe juzgar por sí mismo cada ocasión. En caso de duda, lo mejor es evitar el humor rojo.
Recomendaciones similares deben hacerse para las anécdotas o chistes relacionados con dialectos o peculiaridades locales. Puede bromearse con el acento de los miembros de determinada comunidad o con la forma de ser de los judíos, pero por lo general, hay que evitar las imitaciones en tono de burla. Las únicas personas que pueden bromear sobre estas cuestiones, sin correr riesgos innecesarios, son precisamente las que pertenecen al grupo satirizado.
Los judíos, los escoceses, los chinos o los negros se pueden divertir con historias relacionadas con ellos, pero lo harán sobre todo cuando son ellos mismos quienes las cuentan.
Si ha tenido oportunidad de conocer a personas de raza judía, por ejemplo, habrá comprobado enseguida la afición que tienen de burlarse cruelmente de sus propias manías. Gran parte de la fortaleza de este pueblo, adquirida a lo largo de siglos de persecución, radica en su habilidad para hacer brillar el humor por encima de los sufrimientos. Nadie disfruta tanto con los chistes antisemitas como los propios judíos. Sin embargo, en este caso el masoquismo es razonable. Volenti non fit injuria, es decir, nadie puede quejarse del daño que se inflige a sí mismo voluntariamente. No podemos hacernos daño a nosotros mismos cuando bromeamos sobre nuestros propios defectos.
Por el contrario, el sadismo siempre es desagradable, de tal forma que hasta la más mínima insinuación en este sentido resultará dañina. Las minorías pueden considerarse a sí mismas como objeto de broma, pero la gracia se pierde cuando las sátiras proceden de otras bocas distintas de la suya.
Por eso hay que evitar el humor fácil a costa de los demás. Muchos de los mejores y más apreciados chistes son los que se refieren a uno mismo. Por otro lado, este tipo de bromas está muy visto, pero, como señaló un famoso humorista, «básicamente sólo hay dos chistes, el de la suegra y el de la cáscara de plátano». Lo que hay que hacer es saber adaptar cada chiste a cada ocasión y a cada público.
La mejor forma de adaptar el sentido del humor a cada ocasión es captar los aspectos jocosos del ambiente y del público presente. ¿Cómo se consigue comunicar estos aspectos? Veamos algunas posibilidades.
En primer lugar, hay que darla impresión de que se tiene una absoluta confianza en uno mismo. Es un error decir: «Quería contarles una historia sobre...», y narrarla a continuación con inseguridad y casi excusándose por ello. Tiene que creer en su propio sentido del humor, pues de lo contrario nunca podrá provocar la risa de su auditorio.
Esta confianza en uno mismo debe mantenerse siempre, incluso cuando se está ante las puertas del fracaso. No se preocupe si la gente no se ríe con alguno de sus chistes. Haga como si no hubiera pretendido ser gracioso y prosiga con seguridad. O, por el contrario, enfréntese a la situación y afirme: «Lo siento... no ha sido un chiste muy bueno, ¿verdad? No importa. Por cierto, ¿conocen aquel de...?» Otra posibilidad es decir: «Siento que no les haya gustado. Lo haré mejor la próxima vez. No obstante, deben ustedes admitir que después de una comida como ésta sería el colmo del sadismo pretender que alguien pueda hacerles reír».
La elección del momento y la forma más oportuna es de suma importancia. Esto significa que el chiste, la observación ingeniosa o el golpe humorístico deben estar bien situados en relación con el discurso, el contenido de la charla o conferencia y el estado de ánimo del auditorio. Pero esa elección significa, sobre todo, que el chiste debe contarse con el ritmo adecuado, con el énfasis correcto y con las pausas apropiadas...
Escuche con atención a un humorista de categoría. Buena parte de la efectividad de sus chistes se debe a su oportunidad: sabe cuándo hay que esperar y cuándo hay que darse prisa. Estudié a los maestros e imítelos.
Algunos oradores tienen un cuaderno con los chistes, observaciones o anécdotas humorísticas que han contado con éxito alguna vez y que, por tanto, no querrían olvidar. Se puede conseguir una buena reserva de recursos humorísticos anotando los chistes más afortunados en el dorso de la carta del menú o en una página de la agenda. Además, con estos apuntes también puede conseguirse el efecto contrario, evitando el grave error de contar la misma historieta dos veces seguidas ante idéntico público.
Esta fatídica circunstancia puede evitarse consultando a alguna persona de confianza que le haya escuchado en otras ocasiones. «Estoy pensando en contar tal o cual anécdota», le dice al moderador, antes de iniciar su charla; «¿la conoce?». Si le dice que no, entonces lo más probable es que pueda contarla sin problemas. En caso de que el moderador la haya oído en otra ocasión, intente averiguar si la contó ante ese mismo público. En caso de duda, descártela.
El propósito de los chistes es que los demás se rían con ellos. Si se ríe usted de sus propios chistes, éstos perderán efectividad ante su auditorio. Los mejores chistes y anécdotas humorísticas concluyen con una chispa jocosa. La risa se va acumulando y el público se contiene para soltar la carcajada en el último momento. No obstante, si la historia comienza con una primera chispa y después continúa normalmente hasta concluir con un desenlace inesperado, el éxito será total.
Aunque la anécdota no humorística tiene su lugar en un discurso, son mucho más importantes la frase brillante, el comentario ingenioso o la observación graciosa. Si usted no puede hallar el chascarrillo adecuado para una ocasión determinada, no se preocupe. En el transcurso de su discurso pueden ocurrírsele algunas ideas humorísticas. De no ser así, asegúrese al menos de que su exposición resulte más corta de lo que hubiera sido, de haber podido iluminar sus partes oscuras con unas cuantas chispas de buen humor.