
— El señor Perez pronuncia rápidamente sus últimas frases, recoge sus papeles y se desliza casi a escondidas hacia su asiento.
— El señor Jimenez, a quien se le han asignado 30 minutos para hablar, termina su exposición a los 20, pero está decidido a «no defraudar a la concurrencia» y repite varias veces: «Para concluir», «finalmente», «antes de terminar», «por último», «para acabar con», haciendo creer una y otra vez a su audiencia que, por fin, va a concluir.
— El señor Sanchez comprende que no podrá acabar la charla que había preparado en el tiempo que le queda si sigue hablando a la misma velocidad. En consecuencia, deja de lado el guión y comienza a hablar casi sin respirar, perdiendo así el contacto con su auditorio, que es incapaz de seguirle.
— El señor Martines olvida que un epílogo debe ser breve y lo alarga interminablemente, adornando las ideas que expuso en el cuerpo de su discurso y añadiendo otras nuevas a guisa de resumen de lo dicho anteriormente.
¿Qué es entonces lo que hay que hacer para concluir bien un discurso? El final tiene que constituir el compendio de lo que se ha dicho y, en la mayoría de los casos, debe incluir los siguientes elementos:
— un resumen, concentrado en una o dos frases, del contenido principal del discurso;
— alguna propuesta o resolución que se deduzca del cuerpo del discurso, y
— un llamamiento de apoyo a lo que se ha expuesto o unas cálidas palabras de agradecimiento.
Si se unieran las partes final e inicial de un discurso, ambas tendrían que contener los puntos esenciales de la exposición. La apertura indica lo que se va a decir; la conclusión resume lo que se ha dicho.
Citamos a continuación algunos ejemplos de fórmulas satisfactorias de conclusión:
— «Como hemos visto, este proyecto ofrece grandes posibilidades para nuestra empresa. Para llevarlo a buen fin debemos emprender decididamente el camino que he sugerido. Les pido a todos ustedes que apoyen la propuesta y contribuyan a que su puesta en práctica sea lo más eficaz y urgente posible».
— «De esta forma, señor presidente, concluye mi argumentación. He intentado sugerir las acciones que debería emprender esta empresa en la actualidad».
—«Como hemos visto, esta empresa se encuentra en grave peligro. La única salida está clara. La acción que propongo podría transformar la situación. Les doy las gracias a todos ustedes por haber escuchado con tanta atención mis argumentaciones. Les pido por favor que no las rechacen».
— «No hay, por tanto, necesidad de desesperarse. El futuro ofrece grandes oportunidades. Sin embargo, no sólo tenemos que decidir la puesta en práctica del procedimiento sugerido en mi resolución, sino que debemos conseguir un apoyo activo e inmediato por parte de todos para llevar adelante las medidas pertinentes. Propongo por tanto que...».
— «Éstas son las posibilidades que tenemos, y sólo una de ellas entraña realmente alguna esperanza de auténtico éxito. Es deber de este Consejo proteger y fomentar los intereses de nuestros accionistas. Este deber sólo puede cumplirse si las medidas que se adopten se ajustan a la propuesta aquí defendida. Les animo a todos a que la apoyen decididamente, con entusiasmo y sin reservas».
Son muchos los caminos que conducen a Roma, y también son innumerables las formas de construir el final de un discurso. Olvídese de viejas fórmulas, como por ejemplo: «Mi tiempo se está acabando...», o aún peor: «Veo que empiezan a cansarse...», «No quiero aburrirles por más tiempo...». Debe hacer un resumen de su discurso y agregar un llamamiento pidiendo ayuda, dinero, comprensión, etc.
Discurso final en honor Leonidas y a los valientes 300.
Otros finales recomendables serían los siguientes:
— «Y de este modo, señor presidente, concluyo como empecé: con mi agradecimiento más sincero por su amable hospitalidad».
— «Señoras y señores, ha sido un placer estar con ustedes. Espero que mis palabras hayan contribuido a promover la causa por la que ustedes luchan y en la que yo, al igual que ustedes, creo con plena firmeza. A todos ustedes, señor presidente, señores vicepresidentes, ejecutivos, socios y trabajadores, les deseo el mayor éxito posible en su gran empresa».
— «Concluye así nuestro congreso. Para mí ha sido una grata experiencia poder reunirme con todos ustedes. Espero que volvamos a vernos en otras muchas ocasiones, tan venturosas e interesantes como ésta. Por lo demás, estoy seguro de que mis sentimientos coinciden con los suyos al expresarles mis deseos de que tengan un buen viaje de regreso y de que consigan el mayor de los éxitos en su actividad profesional».
— «Sé que las opiniones que acabo de expresar no son universalmente aceptadas. Pero también sé que nunca podría hacer otra cosa que no fuera decir lo que pienso, y eso es lo que he hecho, de la forma más real posible. No obstante, sea cual fuere la decisión que tomen, quisiera expresarles mi reconocimiento por la amable atención que han prestado a mis palabras, así como mi deseo de un brillante futuro a esta organización».
Muchas personas terminan diciendo: «Muchas gracias», o «Buenas noches». Sin embargo, es mejor acabar de un modo más efectista, con una última frase potente, que excite al público y propicie un sonoro aplauso.
A continuación no se precipite hacia su asiento, ni se deje caer pesadamente en la butaca para encender nerviosamente un cigarrillo. Como cualquier actor experimentado, espere el aplauso. En caso de que éste se produzca, sonría o incline la cabeza en señal de agradecimiento. Si no hay aplauso, mire fijamente a su auditorio. Aguarde un instante y siéntese. El final de su discurso tiene que ejercer un impacto tan sólido como su comienzo.
La conclusión de un discurso de Miguel Ángel Cornejo.
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