Thursday, April 25, 2013

Ingenio y humor

El trabajo de los actores es difícil. El actor que es famoso por su ingenio puede hacer reír a su audiencia (si ésta se encuentra dispuesta a ello) con cosas que en sí no tienen demasiada gracia. Parte de la habilidad de todo orador consiste en dejar que su audiencia intuya lo que se avecina... en llevarla habitualmente hacia el clímax... en prepararla para que reaccione de la forma deseada.



El orador ingenioso siempre cuenta con la predisposición del público. Tan pronto como llega al escenario, al estrado o al micrófono, mueve la cabeza o realiza cualquier otro gesto conocido, el auditorio comienza ya a retozar de risa. Si empieza a hablar refiriéndose a su suegra, contando un chiste conocido, o simplemente incluye alguna frase tópica, el público se muere de risa.

Pero comente esto con algún humorista famoso, y descubrirá enseguida el cuidado con que prepara sus chistes más «espontáneos»; este humorista atestiguará que el público (cualquier público) es enormemente voluble e imprevisible, y que incluso las anécdotas o chistes mejor hilvanados pueden «descoserse» en cualquier momento. Entonces comprenderá, si no lo sabe ya, que una de las habilidades más difíciles de adquirir es la de hacer reír al auditorio. Si el camino se presenta arduo para los humoristas más experimentados, para el principiante es, lógicamente, mucho más difícil.

La falta de sentido del humor constituye siempre una desventaja para la persona que habla en público. Una observación ingeniosa casi siempre gana el aprecio del público. Cuanto más, largo es el discurso, más importante será el toque humorístico. Cuanto más serio es el problema tratado, más necesario será solazar un poco al auditorio con rasgos de ingenio a la vez discretos y elegantes.

El sentido del humor es un arma que todo orador debe tener siempre a su disposición.
El humor debe adaptarse al público y a la ocasión, y esto es especialmente importante en el caso del humor rojo, grosero o vulgar. Nunca hay excusa para lo obsceno. Sin embargo, un toque picante hace a veces más sabrosa las comidas. ¿En qué circunstancias? Naturalmente, para contar chistes rojos el lugar apropiado es una reunión de hombres. Por el contrario, en reuniones solemnes o serias el humor grosero sólo da pie al desprecio general. Entre ambos extremos se abre todo un abanico de posibilidades.  Usted debe juzgar por sí mismo cada ocasión. En caso de duda, lo mejor es evitar el humor rojo.



Recomendaciones similares deben hacerse para las anécdotas o chistes relacionados con dialectos o peculiaridades locales. Puede bromearse con el acento de los miembros de determinada comunidad o con la forma de ser de los judíos, pero por lo general, hay que evitar las imitaciones en tono de burla. Las únicas personas que pueden bromear sobre estas cuestiones, sin correr riesgos innecesarios, son precisamente las que pertenecen al grupo satirizado.

Los judíos, los escoceses, los chinos o los negros se pueden divertir con historias relacionadas con ellos, pero lo harán sobre todo cuando son ellos mismos quienes las cuentan.
Si ha tenido oportunidad de conocer a personas de raza judía, por ejemplo, habrá comprobado enseguida la afición que tienen de burlarse cruelmente de sus propias manías. Gran parte de la fortaleza de este pueblo, adquirida a lo largo de siglos de persecución, radica en su habilidad para hacer brillar el humor por encima de los sufrimientos. Nadie disfruta tanto con los chistes antisemitas como los propios judíos. Sin embargo, en este caso el masoquismo es razonable. Volenti non fit injuria, es decir, nadie puede quejarse del daño que se inflige a sí mismo voluntariamente. No podemos hacernos daño a nosotros mismos cuando bromeamos sobre nuestros propios defectos.

Por el contrario, el sadismo siempre es desagradable, de tal forma que hasta la más mínima insinuación en este sentido resultará dañina. Las minorías pueden considerarse a sí mismas como objeto de broma, pero la gracia se pierde cuando las sátiras proceden de otras bocas distintas de la suya.

Por eso hay que evitar el humor fácil a costa de los demás. Muchos de los mejores y más apreciados chistes son los que se refieren a uno mismo. Por otro lado, este tipo de bromas está muy visto, pero, como señaló un famoso humorista, «básicamente sólo hay dos chistes, el de la suegra y el de la cáscara de plátano». Lo que hay que hacer es saber adaptar cada chiste a cada ocasión y a cada público.
La mejor forma de adaptar el sentido del humor a cada ocasión es captar los aspectos jocosos del ambiente y del público presente. ¿Cómo se consigue comunicar estos aspectos? Veamos algunas posibilidades.

En primer lugar, hay que darla impresión de que se tiene una absoluta confianza en uno mismo. Es un error decir: «Quería contarles una historia sobre...», y narrarla a continuación con inseguridad y casi excusándose por ello. Tiene que creer en su propio sentido del humor, pues de lo contrario nunca podrá provocar la risa de su auditorio.
Esta confianza en uno mismo debe mantenerse siempre, incluso cuando se está ante las puertas del fracaso. No se preocupe si la gente no se ríe con alguno de sus chistes. Haga como si no hubiera pretendido ser gracioso y prosiga con seguridad. O, por el contrario, enfréntese a la situación y afirme: «Lo siento... no ha sido un chiste muy bueno, ¿verdad? No importa. Por cierto, ¿conocen aquel de...?» Otra posibilidad es decir: «Siento que no les haya gustado. Lo haré mejor la próxima vez. No obstante, deben ustedes admitir que después de una comida como ésta sería el colmo del sadismo pretender que alguien pueda hacerles reír».

La elección del momento y la forma más oportuna es de suma importancia. Esto significa que el chiste, la observación ingeniosa o el golpe humorístico deben estar bien situados en relación con el discurso, el contenido de la charla o conferencia y el estado de ánimo del auditorio. Pero esa elección significa, sobre todo, que el chiste debe contarse con el ritmo adecuado, con el énfasis correcto y con las pausas apropiadas...



Escuche con atención a un humorista de categoría. Buena parte de la efectividad de sus chistes se debe a su oportunidad: sabe cuándo hay que esperar y cuándo hay que darse prisa. Estudié a los maestros e imítelos.
Algunos oradores tienen un cuaderno con los chistes, observaciones o anécdotas humorísticas que han contado con éxito alguna vez y que, por tanto, no querrían olvidar. Se puede conseguir una buena reserva de recursos humorísticos anotando los chistes más afortunados en el dorso de la carta del menú o en una página de la agenda. Además, con estos apuntes también puede conseguirse el efecto contrario, evitando el grave error de contar la misma historieta dos veces seguidas ante idéntico público.
Esta fatídica circunstancia puede evitarse consultando a alguna persona de confianza que le haya escuchado en otras ocasiones. «Estoy pensando en contar tal o cual anécdota», le dice al moderador, antes de iniciar su charla; «¿la conoce?». Si le dice que no, entonces lo más probable es que pueda contarla sin problemas. En caso de que el moderador la haya oído en otra ocasión, intente averiguar si la contó ante ese mismo público. En caso de duda, descártela.

El propósito de los chistes es que los demás se rían con ellos. Si se ríe usted de sus propios chistes, éstos perderán efectividad ante su auditorio. Los mejores chistes y anécdotas humorísticas concluyen con una chispa jocosa. La risa se va acumulando y el público se contiene para soltar la carcajada en el último momento. No obstante, si la historia comienza con una primera chispa y después continúa normalmente hasta concluir con un desenlace inesperado, el éxito será total.

Aunque la anécdota no humorística tiene su lugar en un discurso, son mucho más importantes la frase brillante, el comentario ingenioso o la observación graciosa. Si usted no puede hallar el chascarrillo adecuado para una ocasión determinada, no se preocupe. En el transcurso de su discurso pueden ocurrírsele algunas ideas humorísticas. De no ser así, asegúrese al menos de que su exposición resulte más corta de lo que hubiera sido, de haber podido iluminar sus partes oscuras con unas cuantas chispas de buen humor.

Wednesday, April 17, 2013

La conclusión

Lo mejor para conseguir un buen discurso es terminarlo bien. Nada resulta más ruinoso que acabar la intervención con un débil hilo de voz o con un inseguro «Muchas gracias». Al preparar el final hay que poner el mismo cuidado que se puso al principio. Veamos algunos ejemplos típicos de discursos mal acabados:
— El señor Perez pronuncia rápidamente sus últimas frases, recoge sus papeles y se desliza casi a escondidas hacia su asiento.
— El señor Jimenez, a quien se le han asignado 30 minutos para hablar, termina su exposición a los 20, pero está decidido a «no defraudar a la concurrencia» y repite varias veces: «Para concluir», «finalmente», «antes de terminar», «por último», «para acabar con», haciendo creer una y otra vez a su audiencia que, por fin, va a concluir.
— El señor Sanchez comprende que no podrá acabar la charla que había preparado en el tiempo que le queda si sigue hablando a la misma velocidad. En consecuencia, deja de lado el guión y comienza a hablar casi sin respirar, perdiendo así el contacto con su auditorio, que es incapaz de seguirle.
— El señor Martines olvida que un epílogo debe ser breve y lo alarga interminablemente, adornando las ideas que expuso en el cuerpo de su discurso y añadiendo otras nuevas a guisa de resumen de lo dicho anteriormente.

¿Qué es entonces lo que hay que hacer para concluir bien un discurso? El final tiene que constituir el compendio de lo que se ha dicho y, en la mayoría de los casos, debe incluir los siguientes elementos:
— un resumen, concentrado en una o dos frases, del contenido principal del discurso;
— alguna propuesta o resolución que se deduzca del cuerpo del discurso, y
— un llamamiento de apoyo a lo que se ha expuesto o unas cálidas palabras de agradecimiento.
Si se unieran las partes final e inicial de un discurso, ambas tendrían que contener los puntos esenciales de la exposición. La apertura indica lo que se va a decir; la conclusión resume lo que se ha dicho.

Citamos a continuación algunos ejemplos de fórmulas satisfactorias de conclusión:
— «Como hemos visto, este proyecto ofrece grandes posibilidades para nuestra empresa. Para llevarlo a buen fin debemos emprender decididamente el camino que he sugerido. Les pido a todos ustedes que apoyen la propuesta y contribuyan a que su puesta en práctica sea lo más eficaz y urgente posible».
— «De esta forma, señor presidente, concluye mi argumentación. He intentado sugerir las acciones que debería emprender esta empresa en la actualidad».
—«Como hemos visto, esta empresa se encuentra en grave peligro. La única salida está clara. La acción que propongo podría transformar la situación. Les doy las gracias a todos ustedes por haber escuchado con tanta atención mis argumentaciones. Les pido por favor que no las rechacen».
— «No hay, por tanto, necesidad de desesperarse. El futuro ofrece grandes oportunidades. Sin embargo, no sólo tenemos que decidir la puesta en práctica del procedimiento sugerido en mi resolución, sino que debemos conseguir un apoyo activo e inmediato por parte de todos para llevar adelante las medidas pertinentes. Propongo por tanto que...».
— «Éstas son las posibilidades que tenemos, y sólo una de ellas entraña realmente alguna esperanza de auténtico éxito. Es deber de este Consejo proteger y fomentar los intereses de nuestros accionistas. Este deber sólo puede cumplirse si las medidas que se adopten se ajustan a la propuesta aquí defendida. Les animo a todos a que la apoyen decididamente, con entusiasmo y sin reservas».

Son muchos los caminos que conducen a Roma, y también son innumerables las formas de construir el final de un discurso. Olvídese de viejas fórmulas, como por ejemplo: «Mi tiempo se está acabando...», o aún peor: «Veo que empiezan a cansarse...», «No quiero aburrirles por más tiempo...». Debe hacer un resumen de su discurso y agregar un llamamiento pidiendo ayuda, dinero, comprensión, etc.

Discurso final en honor Leonidas y a los valientes 300.

Otros finales recomendables serían los siguientes:
— «Y de este modo, señor presidente, concluyo como empecé: con mi agradecimiento más sincero por su amable hospitalidad».
— «Señoras y señores, ha sido un placer estar con ustedes. Espero que mis palabras hayan contribuido a promover la causa por la que ustedes luchan y en la que yo, al igual que ustedes, creo con plena firmeza. A todos ustedes, señor presidente, señores vicepresidentes, ejecutivos, socios y trabajadores, les deseo el mayor éxito posible en su gran empresa».
— «Concluye así nuestro congreso. Para mí ha sido una grata experiencia poder reunirme con todos ustedes. Espero que volvamos a vernos en otras muchas ocasiones, tan venturosas e interesantes como ésta. Por lo demás, estoy seguro de que mis sentimientos coinciden con los suyos al expresarles mis deseos de que tengan un buen viaje de regreso y de que consigan el mayor de los éxitos en su actividad profesional».
— «Sé que las opiniones que acabo de expresar no son universalmente aceptadas. Pero también sé que nunca podría hacer otra cosa que no fuera decir lo que pienso, y eso es lo que he hecho, de la forma más real posible. No obstante, sea cual fuere la decisión que tomen, quisiera expresarles mi reconocimiento por la amable atención que han prestado a mis palabras, así como mi deseo de un brillante futuro a esta organización».

Muchas personas terminan diciendo: «Muchas gracias», o «Buenas noches». Sin embargo, es mejor acabar de un modo más efectista, con una última frase potente, que excite al público y propicie un sonoro aplauso.
A continuación no se precipite hacia su asiento, ni se deje caer pesadamente en la butaca para encender nerviosamente un cigarrillo. Como cualquier actor experimentado, espere el aplauso. En caso de que éste se produzca, sonría o incline la cabeza en señal de agradecimiento. Si no hay aplauso, mire fijamente a su auditorio. Aguarde un instante y siéntese. El final de su discurso tiene que ejercer un impacto tan sólido como su comienzo.

La conclusión de un discurso de Miguel Ángel Cornejo.